La peligrosa situación fiscal en Chile

La reciente publicación del Informe de Finanzas Públicas (IFP) del segundo trimestre permite dimensionar con toda claridad la compleja situación fiscal del país. El déficit fiscal efectivo se proyecta en 9,6 por ciento del PIB para 2020, cifra que es muy elevada – no hay precedente desde el 12,7% de 1972- pero no sería raro que termine siendo aún más alto si la economía se contrae más y/o la pandemia se extiende por más tiempo y se requiere concentrar más gasto este año de los 12 mil millones de dólares acordados recientemente. La necesidad del gasto y la justificación del déficit son indiscutibles. No es ese el punto. De hecho, iniciar el ajuste fiscal en 2021, con una baja del gasto real de 1,5%, como contemplan las proyecciones del IFP, parece prematuro considerando la incertidumbre sobre el control de la pandemia y la velocidad probable de la recuperación. Pero, incluso bajo estas circunstancias, el nivel de gasto, en 2024, sería 0,8% inferior al estimado para este año en términos reales, aunque superior en 10,5% al de 2019, dando como resultado un déficit efectivo de 2% del PIB en el escenario central del IFP. El crecimiento real anual promedio del gasto entre 2019 y 2024 sería de 2%, menos de la mitad del registrado entre 2010 y 2019 (4,6%) lo que, aunque parece razonable considerando las circunstancias, es difícil que resista las presiones por más gasto acumuladas en el último tiempo.

Aún bajo estas condiciones restrictivas, la deuda pública pasaría de 28% del PIB el año pasado a un 48% en 2024. El compromiso de convergencia incluido en el acuerdo político del 14 de junio requiere llevar la deuda pública al 45% del PIB en 2030. Esto hace necesario mantener un estricto control al crecimiento del gasto hasta fines de la década. Si, por el contrario, el gasto creciera al 4% anual en promedio, algo inferior al histórico, la deuda se elevaría hasta 70% del PIB en 2030. En el escenario de convergencia, el déficit fiscal pasaría de un promedio de 4,4% del PIB en 2019- 24 a un superávit de 1,1% en promedio entre 2025 y 2030. Estas proyecciones suponen un crecimiento promedio de la economía de 4% al año entre 2021 y 2024 y, suponemos, uno similar al tendencial actual de poco más de 2% al año el resto de la década. Además, no habría aumentos adicionales de impuestos a los ya aprobados este año.

El panorama descrito supone una situación fiscal extremadamente apretada, especialmente en un contexto de presiones de gasto significativas en pensiones, salud y otras, de un ejecutivo débil y de un Parlamento que ha mostrado una incontinencia muy preocupante al momento de promover más gasto público, constitucionalmente o no. La fuerte restricción sobre el crecimiento del gasto público, por supuesto, se puede relajar si la economía crece más rápido y/o se aumenta la carga tributaria. Si bien ambas opciones no son contradictorias entre sí, en principio, y es probable que sea necesario utilizar las dos, el ejercicio de compatibilizar los incentivos para una mayor inversión y otros estímulos al crecimiento con una mayor recaudación tributaria es complejo y requiere que predomine un enfoque técnico en su construcción, mucho más que las preferencias ideológicas y los slogans que se han hecho parte permanente del paisaje político criollo.

En consecuencia, el panorama descrito por el IFP del segundo trimestre resulta muy preocupante, toda vez que parece difícil que, con los parámetros de referencia actuales sea posible cumplir con el objetivo de estabilizar la deuda pública en torno a 45% del PIB y, con ello, salvar el grado de inversión de la economía chilena. Es extremadamente necesario que se logre potenciar el crecimiento de la economía en los próximos años y no sólo por razones presupuestarias, pero parece probable que la carga tributaria continúe subiendo. Lograr un crecimiento claramente superior al bajísimo registro desde 2014 en adelante es primordial para reducir rápidamente el desempleo, dar más oportunidades a la población para volver a salir de la pobreza y reducir las presiones sociales. Subir la carga tributaria, por otro lado, parece necesario si el gasto permanente crece en el futuro y no es posible financiarlo con reasignaciones y mayor eficiencia, algo que adquiere la mayor relevancia ante la difícil situación fiscal que se avizora.

 

Columna realizada por Alejandro Fernández Beroš

Economista de la Universidad de Chile y M.A. por la Universidad de Rochester (USA). Consultor de empresas y Gerente de Estudios de Gemines desde 1990.